En la senda del pensar
Hace ya tiempo lo quería decir, decirlo en sentido explicito, decirlo de modo recurrente quizás, quiero referirme a la necesariedad de volver sobre la senda, al principio, al sentimiento que produce la palabra, lugar donde habita el ser, el Ser de las cosas, de los entes, de la posibilidad misma del pensar, Heidegger en Camino de Bosque, ya lo explicita, lo refiere al modo del pensar filosófico en su tarea como fenomenólogo de la existencia, tal vez. De ese modo también quiero explicitarlo al volver de nuevo de algún modo a la poesía de Luis Mizar Mestre, quien lo conocí por allá en la época cuando en Curumaní Cesar, bajo el amparo de Eduardo Lineros, el teatro, la literatura y por supuesto la poesía eran la excusa para que desde el Teatro Musengue, los nuevos y los viejos espejos de la realidad cesarense tomáramos los espacios de la Casa de la Cultura como el lugar donde moraba la palabra y los versos, ya fuesen de potrero o los bien consumados como los del poeta Mizar.
Digo que lo conocí, pero en el fondo tan sólo lo vi, lo experiencie, lo imagine, tenía él ese aspecto que a mucho nos cuesta describir. Describirlo al modo de un acto de la percepción misma como lo expone Merleau-Ponty, en la Fenomenología de la Percepción, describirlo desde el alma misma de la posibilidad que entraña la poesía que habita el ser del poeta. Eran tiempos de verano para la literatura en Curumaní, hoy sólo quedan los vagos recuerdos de las dos tardes quizás, cuando Mizar se dejó consumir por el tedio de los que allí leíamos nuestros pésimos y siempre poemas de potrero. Una década nos separa a muchos del tiempo desdibujado del poeta y yo. Aunque nos volvimos a ver en la tediosa Bogotá, cuando andaba “alzado en almas”, tuve la misma sensación de que al poeta Mizar el fenómeno de la palabra continuaba en secreto rumiándole la conciencia, dejándolo en el precipicio de la misma locura de un poeta que abraza en silencio el cadáver del rostro que lo mira en espera de algo.
De este modo y no de otro, y lo sé con certeza que existen en su morada uno y un solo poema nada más, ese que es capaz de estallar de repente como algo que transcurre en el tiempo. Quiero explicitar de nuevo dos poemas que para todos son conocidos, pero que también tienen ese apego por los años como el buen vino a la madera que los encubre del sol distante. Puesto que el olvido no existe, y si existiese, él mismo se hace posible en la caja oscura de los recuerdos en la medida que nos permite retenerlo de nuevo, como la sombra que sujeta al cuerpo para que este no caiga en el vacio del tedio, o de la ensoñación misma de la palabra que nos desnuda de nuevo el olfato y la alegría por el viejo poeta que criminaliza la existencia de Dios, del Dios que se levanta sobre hombros de filósofos y poetas, sobre obreros de callejones oscuros, el que hace rechinar su espíritu sobre los vientres de aquellas que secretamente venden su cuerpo en busca de una absolución de la carne. Al poeta es necio y tampoco tengo nervios para decirle que su palabra es el crimen perfecto cuando los acordeones han muerto para siempre.
Psalmo de la Náusea
Señor
Hace tiempo te lo quería decir
Pero la timidez
Que siempre me ha jodido
Me amordazaba la boca.
Después de mi perorata
Sé que dirás:
“Mizar es mancha de plátano
Para el blanco vestido de mis ángeles
Es más fácil que entre un elefante
Por el ojal de una camisa
A que entre Mizar a mi paraíso".
Señor
No me importa tu retórica
Pues hace tiempo que agonizo por decirte
Que tu paraíso y tus mandamientos
Me producen náuseas…
Señor
Hace tiempo te lo quería decir
Pero la timidez
Que siempre me ha jodido
Me amordazaba la boca.
Después de mi perorata
Sé que dirás:
“Mizar es mancha de plátano
Para el blanco vestido de mis ángeles
Es más fácil que entre un elefante
Por el ojal de una camisa
A que entre Mizar a mi paraíso".
Señor
No me importa tu retórica
Pues hace tiempo que agonizo por decirte
Que tu paraíso y tus mandamientos
Me producen náuseas…
Salmo de la locura
Señor
Desde siempre has sabido
Cuántos kilogramos de inocencia
Tengo en salmuera.
Tú has visto lo aborrotada
Que está mi alacena de ironía.
Tu mano derecha
desgranó compasión
Cuando apareció
La séptima flor de locura en mi huerto.
Desde siempre has sabido
que yo soy tu broma más amarga
Entonces, bendito Señor,
no permitas
Que mi risa sea vestida
Por la túnica inconsútil de la razón.
Por: Ariel Parra.







