viernes, 18 de marzo de 2011

A Luis Mizar Mestre

 
En la senda del pensar




Hace ya tiempo lo quería decir, decirlo en sentido explicito, decirlo de modo recurrente quizás, quiero referirme a la necesariedad de volver sobre la senda, al principio, al sentimiento que produce la palabra, lugar donde habita el ser, el Ser de las cosas, de los entes, de la posibilidad misma del pensar, Heidegger en Camino de Bosque, ya lo explicita, lo refiere al modo del pensar filosófico en su tarea como fenomenólogo de la existencia, tal vez. De ese modo también quiero explicitarlo al volver de nuevo de algún modo a la poesía de Luis Mizar Mestre, quien lo conocí por allá en la época cuando en Curumaní Cesar, bajo el amparo de Eduardo Lineros, el teatro, la literatura y por supuesto la poesía eran la excusa para que desde el Teatro Musengue, los nuevos y los viejos espejos de la realidad cesarense tomáramos los espacios de la Casa de la Cultura como el lugar donde moraba la palabra y los versos, ya fuesen de potrero o los bien consumados como los del poeta Mizar.

Digo que lo conocí, pero en el fondo tan sólo lo vi, lo experiencie, lo imagine, tenía él ese aspecto que a mucho nos cuesta describir. Describirlo al modo de un acto de la percepción misma como lo expone Merleau-Ponty, en la Fenomenología de la Percepción, describirlo desde el alma misma de la posibilidad que entraña la poesía que habita el ser del poeta. Eran tiempos de verano para la literatura en Curumaní, hoy sólo quedan los vagos recuerdos de las dos tardes quizás, cuando Mizar se dejó consumir por el tedio de los que allí leíamos nuestros pésimos y siempre poemas de potrero. Una década nos separa a muchos del tiempo desdibujado del poeta y yo. Aunque nos volvimos a ver en la tediosa Bogotá, cuando andaba “alzado en almas”, tuve la misma sensación de que al poeta Mizar el fenómeno de la palabra continuaba en secreto rumiándole la conciencia, dejándolo en el precipicio de la misma locura de un poeta que abraza en silencio el cadáver del rostro que lo mira en espera de algo.  

De este modo y no de otro, y lo sé con certeza que existen en su morada uno y un solo poema nada más, ese que es capaz de estallar de repente como algo que transcurre en el tiempo. Quiero explicitar de nuevo dos poemas que para todos son conocidos, pero que también tienen ese apego por los años como el buen vino a la madera que los encubre del sol distante. Puesto que el olvido no existe, y si existiese, él mismo se hace posible en la caja oscura de los recuerdos en la medida que nos permite retenerlo de nuevo, como la sombra que sujeta al cuerpo para que este no caiga en el vacio del tedio, o de la ensoñación misma de la palabra que nos desnuda de nuevo el olfato y la alegría por el viejo poeta que criminaliza la existencia de Dios, del Dios que se levanta sobre hombros de filósofos y poetas, sobre obreros de callejones oscuros, el que hace rechinar su espíritu sobre los vientres de aquellas que secretamente venden su cuerpo en busca de una absolución de la carne. Al poeta es necio y tampoco tengo nervios para decirle que su palabra es el crimen perfecto cuando los acordeones han muerto para siempre.


Psalmo de la Náusea

Señor
Hace tiempo te lo quería decir
Pero la timidez
Que siempre me ha jodido
Me amordazaba la boca.
Después de mi perorata
Sé que dirás:
“Mizar es mancha de plátano

Para el blanco vestido de mis ángeles
Es más fácil que entre un elefante
Por el ojal de una camisa
A que entre Mizar a mi paraíso".

Señor
No me importa tu retórica
Pues hace tiempo que agonizo por decirte
Que tu paraíso y tus mandamientos
Me producen náuseas…


Salmo de la locura
Señor      
Desde siempre has sabido
Cuántos kilogramos de inocencia
Tengo en salmuera.
Tú has visto lo aborrotada
Que está mi alacena de ironía.
Tu mano derecha
desgranó compasión
Cuando apareció
La séptima flor de locura en mi huerto.
Desde siempre has sabido
que yo soy tu broma más amarga
Entonces, bendito Señor,
no permitas
Que mi risa sea vestida
Por la túnica inconsútil de la razón.

Por: Ariel Parra.

martes, 15 de marzo de 2011

Charles Wright




 Espanto de luz



Charles Wright, poeta que un santiamén se consume la vida, o la vida lo consume como un espanto de luz. No hay mucho que decir al respecto, o quizás todo acerca de la poesía norteamericana, acaso para muchas poetizas y poetazos, su mayor intrepidez es haber nacido en ciertos parajes de la geografía política que envuelve al mundo, en fin… pero esta vez no hablaremos de “políticas”, sino de poetas; de allí que personajes como Walter Whitman buscan en la neblina de una naturaleza abierta al mundo otros orígenes que la palabra permite y que los necios rayos del sol a veces tocan de repente para quemar el corazón de la libertad que tantas veces el poder domina. Sin embargo y a tener de nuestro poeta, Wright, queremos decir que su poema Pequeño Apocalipsis, deja resollar el animal herido que el mundo esconde tras rocas de cemento. Lo deja escapar al traste que una mariposa revoletea la mirada del ángel que subrepticiamente convierte la sangre en vino, y los relojes en pirámides de papel vendrían a ser su poema Nocturno De Charlottesville.

No siendo más los dejamos con dos poemas de Wright, y con la novedad -quizás para algunos- de los tentativos versos, y las orgias literarias que los poetas dejan escapar no importa su lugar de origen. Puesto que la palabra Andina y del Caribe, con sembradíos de piel negra o sudor a carnaval tienen la pulsión de la armonía y la discontinuidad de los vocablos en otros lenguajes, traducción hecha por aquellos que buscan dar forma al verso, o los que son el alma y la agonía de un verso trasplantado de un lugar a otro como una mata de plátano que alimenta el pecho silencioso de la tierra:    

PEQUEÑO APOCALIPSIS

La mariposa hace su ronda al mediodía,
      dragoneando sobre las extasiadas flores.
     Los cascos de la hormiga hacen temblar el suelo.
     A cubierto del sol, el escarabajo pelotero avanza entre sus sueños de verano.
     Allá en lo alto, en otro mundo,
      las nubes se congregan y murmuran sus mensajes.
     Tranquila, avariciosa vida.

El gusano se enrosca en la negrura,
      el petirrojo, arriba, gran guerrero,
     atraviesa y refunde las tumbas destrozadas de sus padres.
     La hierba, en su periodo verde, se inclina ante aquello que la mueve.
     La tarde ya se apresta a hundir la pala
      en los sucios terrones,
     ataúdes y huesos de azúcar exhumados bajo el súbito sol.

Y dentro de los sótanos del mundo
      comienza a despejar,
     relampaguea en la garganta tronante de la infratierra,
     una gota de fuego y una gota de fuego,
     claras vendas de niebla
      que alivian las secuelas lentamente.
     Y entonces, contra el negro horizonte, ráfagas en sus rostros, cuatro caballos se incorporan. -


     NOCTURNO DE CHARLOTTESVILLE

El demorado anochecer de septiembre es un tren de pensamiento, una herida
que no sangra, pasto muerto sin morir,
sin renuevos, sin elegancia,
                                          el demorado anochecer de septiembre,
limpio de adjetivos, máxima abstracción y esplendor.

Se ha dicho que hay un final para la asignación de los nombres.
Se ha dicho que todo lo escrito está vacío.
Se ha dicho que los escorpiones danzan donde el lenguaje fracasa y cede.
Se ha dicho que algo brilla en cada oscuridad,
                                                                  que algo resplandece.

Apoyados contra lo invisible, vencidos asentimos.
El atardecer se asienta sobre las hojas caídas
como alfabeto en el patio de atrás,
                                                    desoladas sílabas
nos interpretan y señalan, apoyados contra lo invisible.
Luminosos son nuestros sueños, fuego arrojado sobre el mundo.
Llega la mañana y todo se va.
                                               La luz del sol ensombrece la tierra.
Crucificciones Literarias.

lunes, 14 de marzo de 2011

De "Flores del mal": Charles Baudelaire.

                                                                             A Cindy
La destrucción


 

La hoja de la existencia envuelve la estrecha luz que tus senos pérfidos exhalan, es viernes y los trenes están lejos de París, la hora se agita ciega como un topo que revolotea sin sombra bajo tierra, y debajo de aquellas sombras tu vientre de barro  retuerce las tripas de la muerte que nos aguarda en cada bar de la Séptima. Los muebles están hechos añicos por una serpiente de piedra. Nada nos espera en un mundo que no es de nadie, el sábado se intitula “Medida de tu Sexo”, ya sé que estamos cansados de la bebida que siempre probamos para aclarar nuestros cielos moribundos.  Es la poesía luminosa, quizás, la que nos engruda la garganta de ángeles mortificados por los rayos oscuros de la música cuando nos vemos empujados a la brevedad de un beso imaginado y mientras tanto:    
A mi lado sin tregua el Demonio se agita;
En torno de mi flota como un aire impalpable;
Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones
De un deseo llenándolos culpable e infinito.
Los enfermos hacen filas en las calles para romper con sus sentidos el roce de la piel que los ata al vacio de la hoguera mojada. Y verso tras beso, un camino de estrellas contaminan el firmamento de los deseos. Los barcos hacen escala en la orilla de tus manos sujetas a mi piel de elefante. El ruido de la avenida levanta el síndrome de angustia de un pobre perro herido por los torpedos de un ángel colgado en París. La madrugada cuelga sus olores marchitos hechos por los músicos que soplan sonidos incoloros, deseosos de rozar tu buche de pájaro. La bestia garabatea un oráculo de voces pasadas por aceite de ajonjolí, y yo pienso de nuevo en la escasa medida de tu sexo que se borra de mi memoria, la cual sabe y:

Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte,
De la más seductora mujer las apariencias,
y acudiendo a especiosos pretextos de adulón
Mis labios acostumbra a filtros depravados.
El cristal de la noche se rompe de vez en cuando, y cuando nos tocamos de nuevo la madrugada ya está hecha una oruga inflamada por la necedad de tus espasmos callejeros o fortuitos. No escucho si quiera el broquel de los machetazos invisibles cuando abres tu boca como una oquedad apostada en la salida de un cementerio de letras impronunciables. Los barcos misteriosos de la religión que te prohíbe saciarte, están a la puerta y en la esquina con olor a madreselva, a ron de caña, allí están las venas rotas de un marinero herido por Dios, y me llevas:
Lejos de la mirada de Dios así me lleva,
Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro
De las hondas y solas planicies del Hastío,

Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos,
Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas,
¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive!

Abramos los ojos de una vez para ahogarnos de tristezas, el viernes ha dado paso al sábado.  Los juegos de la piel redoblan nuestro cansancio luciferino, con ganas claras de fornicar con Dios y sus ángeles. Durmamos el hastió de los excesos, el vino es suave acordeón de notas que desgastan el vello de tu estrecha piel de sapo adormilado, y callemos nuestras voces mientras los poetas roen el silencio de los libros olvidados.

Por: Ariel Parra.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Crimen y Castigo


Raskólnikov y otras elucubraciones



El mundo como inutilidad, o la vida a los pies del dolor, cuestiones que mueven una vez más nuestro interés en un interrogante que aunque oculto en la pregunta misma: ¿Qué representa el mundo para el héroe? Contienen en si misma el sarcasmo del joven Raskólnikov personaje de Crimen y Castigo, es decir, que el mundo se representa así mismo, como algo notorio, como el origen de toda posibilidad, el mundo como miles de escarchas viajando sobre el cuerpo de un gran pez, pero no hablamos de cualquier pez, este pez está descompuesto, jadeante, inmerso en los océanos de la miseria y la locura, este pez quiere multiplicarse y saciar por fin el hambre del mundo, con este pez nos sumergimos por fin en la hostilidad absoluta que padece nuestro joven Raskólnikov, para él vivir allí en medio de borrachos, prostitutas, empleados, enfermos: es ya un milagro. Un atributo que el dios le ha donado. En mitad de la miseria un hombre como nuestro amigo, es el Lázaro que se prepara para morir, en redimirse, en bajar hasta la fosa y luego levantarse enérgicamente como de un sueño soporoso y profundo.
El mundo se ha convertido entonces, en una infinita Torre de Babel, donde nadie descansa, acá no hay elegidos, todos están condenados a la ignominia y la vaguedad, sus diálogos van en acción directa con la realidad que se equipara todo el tiempo, con el horror de estar vivo en medio de “cadáveres  a medio hacer”, en una danza frenética por el honor y la muerte, es el contra punto de los miserables que viven de la carroña y la miseria. En este sentido pareciera que quienes viven allí en el sub-mundo no padeciesen: Pero ¿es que no me duele a mí de ver la abyección en que me arrastro? (1977:25) éste es el  llanto de una bestia que sigue siendo humana, un marrano que lucha entre su conciencia y el demonio que lo posee, es decir, el vicio. El juego, ese monstruo que se despierta en las entrañas de las almas nobles y puras como la de nuestro personaje borracho y tímido Marmeládov, no lo demuestra, y a Raskólnikov también, aunque él guarde un silencio atronador frente a su interlocutor se da cuenta que su mundo interior es superior, pues, él tiene la posibilidad de actuar y decide ir en busca de su empresa y da por hecho su meta, mata a la vieja roñosa, porque el mundo es una sentina donde la conciencia de los hombres se desvanece como el olor de las flores… y su propio mal.
  Para la memoria de Marmeládov no existe el código secreto de la esperanza, el mundo se ha convertido en una caverna donde danzan las sombras de la muerte y la realidad económica de una sociedad precaria y feudalista. El rostro, ese imán oscuro de la conciencia y la moral religiosa se tambalea como una espiga herida por la soledad y el rencor de la sociedad Rusa y peterburguésa ilustrada. Allí, en medio del lupanar sólo existe el oriente medio de los espíritus libres y atormentados, cuando se juega a las cartas, cuando se bebe sin tener una rebanada de pan, ya es algo superior a nuestras fuerzas, por eso, nuestro joven héroe se levanta de sus resquicios psíquicos para enfrentarse al mundo con tan sólo una fiebre atroz en sus huesos, nada lo detiene, se debe hacer justicia por todos los hombres que penden de la balanza social de la miseria rusa, es decir, buscan por compasión los limites de la salvación más acá de lo divino, o sea, la lucha por reconocer en el rostro del otro un igual a mí, una imagen de mi propia desemejanza, por eso Marmeládov se desportilla hablando con el uno y con el otro, quiere reconocerse en algo superior, y esto superior es la rabia hecha carne, hecha despojo y suerte, ese nuevo estadio de la vaguedad existente lo conduce sin demoras al placer y de allí a la risa.
Le dice Marmeládov a nuestro héroe,”…la compasión en nuestro tiempos está prohibida por la ciencia, y que así se practica en Inglaterra, donde existe la Economía política, ¿Por qué, pregunto yo…? (1977:25) una posible respuesta está en la movilidad, todo ahora es dimamis, revolución, el maquinismo se ha apoderado del mundo, pues, “el tiempo es oro” y “todo lo misterioso se ha hecho patente” (1977:26) por ello el mundo es un bitácora donde se anotan las patentes y los logros de la ciencia. Los agujeros donde habitan las orugas y las arañas del mundo están a la orden del día, es la tierra de nadie la que se estremece con el dolor de sus criaturas atormentadas: “¿Comprende usted, comprende usted, señor mío, lo que significa eso de no tener ya a dónde ir? (1977:27) sólo escupitajos de los denigradores de la verdad, eso es lo que son los hombres de la modernidad, escupitajos de un sistema.
Con la Modernidad los hombres viajan como elefantes cargados de objetos y orlas, con una carga para el camello que se arrodilla para que sea impuesto su peso, a dónde va el hombre y su sombra, quizá estos sean algunos de los interrogantes que habitan en la cabeza de nuestro joven Raskólnikov, es la carga de la cosificación lo que envuelve al espíritu de la   sociedad moderna. Vemos en el caso de Semión Zajárich la mano invisible que se sirve de sus donaciones como una especie de potestad divina, mientras Katerina Ivánovna es el cruce entro lo medio y lo muy bajo de la pirámide social, es el último ensueño del delirio Medieval, es la sombra de la caída del feudo y las pequeñas burguesías. Todos son sujetos de algo, de la enfermedad, de la miseria o de la soledad que impera en el alma de los oprimidos, de los que tensan sus cuerpos para retorcerse y luego despertar siendo viejos e inservibles para el sistema político y económico, son la lacra de un  mundo mercantilista y despótico.  
El mundo para Raskólnikov es toda una rareza, es decir, la rareza consiste en una pérdida total de  sentimientos hacía el otro, hacía lo más sublime: sin duda que por parte de ella La puja por la vida se ha convertido en una expiación de las culpas  y  de los modelos psicológicos que la nueva sociedad ha venido entablando, dejar correr el río de la existencia misma para represase en oficinas, en fábricas, haciendo de la vida una total anarquía, por así decirlo: la meta del nuevo sistema de valores, los nuevos hombres deben ser mediocres en tanto el aumento de la fuerza laboral así lo requiere. Aunque, Raskólnikov esta por fuera del embrión utilitarista del sistema de la ciudad como modelo de vida, él si se mueve en ella como un autómata, como un virus que debe inocular su veneno hasta desplomarse y reiniciar de nuevo. Las viejas tetras de la familia se hacen de igual modo presente en el alma de nuestro joven amigo, es como si toda la lucha sísifa  se hiciera una sola piedra, y esta a su vez en una montaña de interminables brazos que se tiene que recorrer día tras día y noche tras noche hasta el desplome de todos los conceptos morales de la humanidad ahora enciclopedista.
Si bien el mundo de la vida es ahora una tempestad de murciélagos que se orientan por el ruido de la moral ilustrada, Raskólnikov toma a la mujer como su palanca de acceso en busca de un perdón y de reconcilio con su estadio de la  vida, e intenta alejarse del mundo como un Zaratustra para pasar por los estadios del Camello, el León y finalmente vuelve a ser niño en brazos de aquella que lo acoge y lo devuelve al mundo hecho un despojo atomizado por la mundaneidad  desarrollista del mercantilismo europeo. Por consiguiente el mundo para el héroe es la casa donde habita el poeta, el demonio y Dios. Lugar donde se fabrican las anti-poesías que dan origen a la locura y en mayor proporción la lujuria como ultimo bastión donde el cuerpo reside y la muerte habita.

Por: Ariel Parra

jueves, 3 de marzo de 2011

Conjeturas vivas


El Araña



¡Basta ya judas! La multitud se agolpó de repente sobre el cuerpo tendido justo en el muro lateral de la “Tiendecita los Recuerdos de Ella”, sin embargo la hora no correspondía a la que se supo estaba escrita en la manga de la camisa del cuerpo, pues resultó ser más bien una broma que una conjura contra el santo Job; -por qué- preguntó alguien: pestilentemente –dije- el muerto cómo que andaba de parranda. Bajo el efecto del alcohol los estrafalarios de la tabernita  "El Tropezón" una cuadra más allá, quizás quisieron dar un “grito vagabundo”. Mezcla del azar y la zozobra iban jeteando copa tras copa el amargo trago que se consumían al compás del ruido, los influjos y reflujos de las tres mujeres que continuaban sentadas como resortes despiertos y conjurando el dilema de ser ancianas y sin ninguna posibilidad de ser apetitosas para el Sexo, picoteaban el humo de los cigarrillos. Todos ellos no vieron más que una sombra alejándose del lugar. El efecto era como una argamasa de piel jironada por la   estreches de la calle, consistía precisamente en tener bajo la forma de un sólo pensamiento el poder de ocultar hasta su máxima disparidad el sabor de la rabia y el dolor de la muerte.  

El clima iba empapando hasta las horas infames que la madrugada regalaba a cada personaje desdeñado por el oprobio de las drogas adulteradas. Teníamos que informarnos acerca del difunto  para tratar de contactar a algún familiar del fulano que estaba en la calle tirado como un costal repleto, esa era la idea finalmente a demostrar. La noche era tensa como las cuerdas bucales del cadáver en el Barrio El Silencio. Aunque la música era estruendosa en los alrededores de la calle principal el tumulto de personas se fue disolviendo como un mero sarcasmo de la oscuridad. Nadie quiso hacer vigilia junto al caído. Durante largo rato tuve la intención de volver al sitio donde estaba tendida la rudimentaria creación de Dios descompuesta totalmente. La llovizna se hizo un poco densa, mientras todos intentábamos conciliar con la música y las mujeres a nuestro alrededor la mala hora. Continuamos celebrando, en honor a la virgen María del Carmen, los demás que estaban en la fiesta popular olvidaron rápidamente su mortalidad, mientras en la esquina el agua bañaba silenciosamente el cuerpo tendido.

Un perro pequinés se acerca merodea un instante no más y se aleja con el hocico untado de agua ensangrentada,  el filo de la noche corta el fin de todo, y nadie distinto a los animales callejeros van a inspeccionar el cadáver antes del amanecer. La madre no aparece, y nosotros en medio del festejo continuamos en el salón principal en un sin sentido del baile, nos apretujamos como granos de maíz a los cuerpecitos calientitos mientras allá en la otra esquina las moscas empiezan a rondar a la criatura despabilada. Un amigo se acerca y le dice a Mañe algo al oído, todos nos percatamos que algo sucede de inmediato. Salimos del lugar  envuelto en música pachanguera, para enterarnos de qué era eso tan importante que hizo que Mañe me obligara a salir de la cuadricula destechada. El muerto fue reconocido por alguien, de quién se trata –entonces- pregunté: es el Araña. El nombre no me dijo nada diferente a la misma sensación que tuvimos cuando nos topamos en la premura del tiempo. Sin embargo el muchacho permanecía extendido como un ángel sin garrapatas y sin órganos sexuales.

La información no cambió para nada el tema del fallecido, la policía fue avisada sobre el suceso. La música seguía produciendo un sonido monótono mientras los danzantes se esforzaban por mantener el equilibro entre ritmo y el desnivel de la pista de baile. Afuera el interfecto no rumoraba nada. Un sentimiento de pesadez se apoderó de mi cuerpo, el cigarrillo no lograba calmar la sensación de angustia, de quietud, me sentí como un dispositivo carente de sensaciones, me enfoqué por un momento en la mujer de sandalias blancas que me insinuó que bailásemos una cancioncita de Alfredo Gutiérrez: Anhelos. Ella insistió pero al final tomé la decisión de marcharme del lugar. Mañe se abalanzó impidiéndome la salida del sitio, entonces opte por tomar un trago más y salir desprevenidamente. Pensé nuevamente en el muerto cuando todos habían olvidado el hecho que los tuvo consternados y el cual estuvo a punto de impedir la celebración de las fiestas de la virgen María del Carmen.

En la calle avancé desprevenidamente sobre el muro de la tiendecita, la lluvia había dejado una especie de venas abiertas sobre la tierra espoliada por los pasos de los animales callejeros. Conjeturé por un instante que yo era el animal que estaba arrojado sobre el suelo. Nada más absurdo, me sentí íntimo, casi desnudo, como un trozo de metal lanzado al vacío. La Araña o como se nombre el fulano; estábamos a una distancia no mayor a un metro, pude esquivar la escena de un hombre extinto en la calle simplemente tomando otro camino de regreso a casa. Pero no, era necesario aquel momento de distinción entre el caído y yo, entre la soledad y el rocío de la madrugada, un farol a medio encender dejaba caer su reflejo en el acto: un hombre vivo y yo que quería ser el otro, un muerto en vida. Vista la escena desde un fetiche quizás a lo Andy Warhol no cabe dudas de que estabas mirando una tira cómica, un dibujo animado de la década de los 70`s, en realidad me quería ir, pero antes tuve ganas de hablarle a la maquina descompuesta, al  fulano que espera en silencio desde ya, la resurrección de todos los muertos. La bruma despejaba cualquier indicio de llovizna, estaba ahí de repente frente a mi propia muerte, a mí propio cuerpo, y no lograba desenterrarme la cabeza del negro hoyo de las tinieblas que lo abarcaba todo desde la caída de Adán. ¡Ea!, ¡ea!, me dije casi para anunciarme que estaba haciendo un poco de frío.

La belleza terrible del cuerpo no fue lo que me atrajo de aquel infortunado, fue más bien mi propia voluntad asesina, digamos que hubo un deseo de un cuerpo por apropiarse de otro que no era el suyo, me vinculé de inmediato con el trasponer de la lotería que no pude ganar la tarde anterior antes de ir a recoger el arma en la oscuridad del sueño. No es necesario que aclare aquí el tedio fenomenológico de la muerte. Abrí un poco mi camisa a la altura del cuello, luego procedí a revisar la temperatura del cadáver, no sentí nada más que un sonido ligero de un pájaro que pasó rumbo al amanecer de la sabana. La lluvia  había arrastrado entre sus garras cualquier indicio de sangre, la imagen de su rostro era suave como el aleteo de una mariposa de color cenizoso como un preludio de un ánima en pena. Patee la cosa, su columna continuó igual de uniforme al horizonte del piso. Su máscara corporal se dilató un poco con el frio de la mañana, así que emprendí el regreso a casa, mientras todas las mujeres del pueblo se secretearon una canción de despedida.   

Serían las nueve de la mañana cuando el Araña fue recogido por una patrulla y la comisaria de policía, imagine que yo era el próximo, me despedí, en el cementerio un lunes por lo general sólo están las señoras que normalmente asisten por costumbre a llevar flores a sus propias inconsciencias. Saque el arma y revisé las municiones, no era necesario extender más el asunto, emprendí una especie de peregrinación a la sierra, un hombre entrado en años me explicó el sendero que debía tomar de regreso al sitio nombrado en el papelito que dejaron junto al arma; pues había tomado un rumbo distinto al expuesto allí. Todo el día y toda la noche me buscaron en el pueblo, sin embargo era hora de recoger el murciélago de la vida enterrado a un lado del camino, al llegar al campamento fui abordado por un moreno de ojos y gestos malhumorados, el que estaba a cargo mencionó algunos detalles y procedió a entregarme una gorra nueva. Un oficial del ejercito que estaba en la trinchera detrás de un colegio abandonado hizo una especie de ademan de aprobación por las acciones del día inmediatamente anterior. Trate entonces de recodar el rostro del fulano, fue imposible después de tantos años, la madre se acercó nuevamente al micrófono y preguntó con voz algo tensa: ¿reconoce usted –“señor”- haber asesinado a mi hijo? Meses después estaba en una calle de la fría ciudad, buscaba direcciones por doquier, y en un muro grafitiado decía: “Lo que la democracia no logra, el plomo sí, el paramilitarismo la cosa nostra: Uribe presidente”, entonces un dominó cayo, y así uno sobre otro hasta el comienzo de todo.          

Autor: Husserliano
Mayo de 2010.

Convocatoria

Creemos este cuento


Crucificciones Literarias tiene el gusto de invitar a los jóvenes de cualqueir parte del Mundo y la Región Caribe en especial, y a tod@s los que quieran sumarse a este viaje por las sombras del pensar de otro modo a que participen de este espacio que es de tod@s enviando sus creaciones literarias, poéticas, cuentos cortos y canciones ineditas, para ser leídas y comentadas desde la clandestinidad de este espacio rural y urbano. 

Escribanos al correo crucificciones@gmail.com

Atte: Crucificciones Literarias.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Poemas Despretinados


Acosados


El paso del tiempo, la máscara, el trajín de los recuerdos, la fe, la gloria,  un libro cayendo sobre la mariposa, los rasgos del mundo, Siria, Machupichu, el ojo de la niña obesa, canto de lluvia, todos los grados y las gradas de la torre infinita apelan a una verdad diáfana;

Perseguidor y perseguido, per se, por sí, por na`, por fin, por-sino, por too`, las vaquitas, los ríos, los renos, las risas, el dado lanzado, el soldado fusilado, la imagen rota, el dictador al banquete y las niñas rotas al banquillo… las banderas de los idiotas, perdonados y los olvidados, el auge y la ropa del cardenal: ¡Despierta! ¡Despierta! Ya pasa el tren BALA.

Topacio…


No puedo imaginar la risa sin el aliento mortífero de tus entrañas, sin la angustia de tu soledad de marfil, sin la voz que apaga todo cuanto existe de feo en el silencio… un cristal de topacio son los demonios que juegan con las sábanas, mientras el río fluye hacia el tártaro…

Un viento camina y se desprende de tu boca, de tus pasos felinos las huellas se descuelgan sobre mi piel de cazador debilitado, blancas las hojas de tus praderas se confunden con las gredas asfixiantes de tus manos altisonantes cuando golpean la carne.

Mauritana mía, tu eres el abismo donde se precipitan mis pies de barro, donde las cordillera de tu espalda limita con los fríos metales de la ventana, cuánto tiempo has bajado por las escaleras, no lo sé, tan sólo pretendo escapar por los orificios donde emana tú azufre mortífero… 

Autor: Ariel Parra

Entre espejos

Artista invalido
A propósito de Cioran y la lirica.


Por: Ariel Parra
Agosto de 2010.

Podría un solo hombre, o un único pueblo, incluso una nación arrojarse en brazos de la consumación de sus bienes máximos en aras de alcanzar un período de lirismo o de locura. Magia que desboque las bestias de la creación y separé por fin los ríos de los mares. En nuestro caso, -esta nación hecha de piel humana y zurcida con espejismos ancestrales- podrá algún día alcanzar un éxtasis profundo y soterrado que la convierta por un instante en un nido de víboras iluminadas: quizás ¡No! Lo que si se puede interpretar de nuestros años de historia trashumante alrededor de una idea, la primera tal vez, hoy nos tiene sumidos en un precipicio atiborrado de chucherías escritas por chocarreros con dientes de león. Me refiero a la idea de: libertad. Habrá habido por un momento en el espíritu colectivo de nuestro pueblo después de la llegada de los conquistadores un vocablo como este, una idea iluminada en el trasfondo de sus corazones, esta especie de lirismo dudo mucho haya hecho simiente en el alma colectiva y difusa de un pueblo macerado por la cruz y la espada. Tengo mis sospechas. Inquiétame sobre manera el corazón crepitante que nos identifica y nos hace distinto de los demás. Al contrario de todo lo anterior, no podemos navegar en un océano de oscuridades de tal modo que nuestros jóvenes se chupen con entusiasmo dicha  esencia doctrinaria, cuando en verdad estamos siendo arrastrados por bestias enfermizas que nos superan en número y nos engullen de cabo a rabo.
¡Libertad! ¡Libertad!, bello transformismo de la razón. Elemento crucial para que alaridos profundos serpenteen alrededor de las burbujas que viajeras recorran el viejo valle de lágrimas de mujeres que escupen hijos como langostas. Anoche un ruido de cabras me despertó, eran miles, cientos de miles las que cagaban al igual que moscas enardecidas por una especie de excitación colonial, un líquido baboso, de allí de sus traseros salía colmando el mundo encegueciendo con asombro todo a su disposición. Impulso vital que nos devora. La noche se desprende de la oscuridad. Deja caer sus senos marchitos sobre el pecho de los moribundos que aletean como pájaros. La brisa cae repentina, deja merodear sus intestinos invisibles por los muelles del mundo, arrastrando consigo un crepúsculo de los ídolos mal engendrados. Lirica de la complejidad humana. Abismo batiente donde caemos amordazados y sin aliento propio. Esa es la condición humana, frágil, etérea, sosa, psicótica, arquetipo de un demonio imaginario. Cantan las cajas registradoras de bancos, hoteles, museos, tiendas, expendios de drogas, las iglesias hacen lo suyo, Dios tiembla bajo los arboles sin piel. Suficiente vomito para crear un espectro de la razón, y sin embargo, los poetas no florecen donde hay materia orgánica para que a diferencia de las cabras, caguen como moscas los libros de la sensibilidad humana: y salgan por fin los artistas a divertirse.

Poesía disipada.


APOCALIPSE


Nada pasará hasta que las flores trepen los suburbios,
formación azul de rayos extendidos sobre techos
y miel derretida en arquitecturas que roen las
heridas  de tus hijos.

Una muerte gigante espera
en los ojos de los niños hasta que el día
de tus días abra el asfalto y se trague
los soles acabados, la carne y las puntillas
acumuladas en la tentación de ser hombre
pájaro o cometa.

El sueño de los jinetes nos rompe el corazón,
nos habla del fuego y de un mar cayendo
sobre las calles en que se juegan
el olor y la sangre a ser lo que es.
Que el acaecer de la luna sobre tus postes
nos arroje maravillas de siglos y no tormentas
silenciosas que borren las victorias de tu nombre.

Aquí te vivimos en los documentos
donde la razón dice que somos soberanos
de tu forma. Te consumamos en huelgas, sindicatos
y protestas que conducen a un espejo sin luz
y sin orillas. Vamos a tus líneas con un color para
mordernos las entrañas hasta el fin de los finales.
Porque nuestras casas se alzan cada día
sobre un ignoto terror, un futuro cataclismo del cual
acaso sobrevivan sólo los besos en tus calles y
algunas felpas que rozaron nuestro oído.

Autor: Selkirk