miércoles, 2 de marzo de 2011

Entre espejos

Artista invalido
A propósito de Cioran y la lirica.


Por: Ariel Parra
Agosto de 2010.

Podría un solo hombre, o un único pueblo, incluso una nación arrojarse en brazos de la consumación de sus bienes máximos en aras de alcanzar un período de lirismo o de locura. Magia que desboque las bestias de la creación y separé por fin los ríos de los mares. En nuestro caso, -esta nación hecha de piel humana y zurcida con espejismos ancestrales- podrá algún día alcanzar un éxtasis profundo y soterrado que la convierta por un instante en un nido de víboras iluminadas: quizás ¡No! Lo que si se puede interpretar de nuestros años de historia trashumante alrededor de una idea, la primera tal vez, hoy nos tiene sumidos en un precipicio atiborrado de chucherías escritas por chocarreros con dientes de león. Me refiero a la idea de: libertad. Habrá habido por un momento en el espíritu colectivo de nuestro pueblo después de la llegada de los conquistadores un vocablo como este, una idea iluminada en el trasfondo de sus corazones, esta especie de lirismo dudo mucho haya hecho simiente en el alma colectiva y difusa de un pueblo macerado por la cruz y la espada. Tengo mis sospechas. Inquiétame sobre manera el corazón crepitante que nos identifica y nos hace distinto de los demás. Al contrario de todo lo anterior, no podemos navegar en un océano de oscuridades de tal modo que nuestros jóvenes se chupen con entusiasmo dicha  esencia doctrinaria, cuando en verdad estamos siendo arrastrados por bestias enfermizas que nos superan en número y nos engullen de cabo a rabo.
¡Libertad! ¡Libertad!, bello transformismo de la razón. Elemento crucial para que alaridos profundos serpenteen alrededor de las burbujas que viajeras recorran el viejo valle de lágrimas de mujeres que escupen hijos como langostas. Anoche un ruido de cabras me despertó, eran miles, cientos de miles las que cagaban al igual que moscas enardecidas por una especie de excitación colonial, un líquido baboso, de allí de sus traseros salía colmando el mundo encegueciendo con asombro todo a su disposición. Impulso vital que nos devora. La noche se desprende de la oscuridad. Deja caer sus senos marchitos sobre el pecho de los moribundos que aletean como pájaros. La brisa cae repentina, deja merodear sus intestinos invisibles por los muelles del mundo, arrastrando consigo un crepúsculo de los ídolos mal engendrados. Lirica de la complejidad humana. Abismo batiente donde caemos amordazados y sin aliento propio. Esa es la condición humana, frágil, etérea, sosa, psicótica, arquetipo de un demonio imaginario. Cantan las cajas registradoras de bancos, hoteles, museos, tiendas, expendios de drogas, las iglesias hacen lo suyo, Dios tiembla bajo los arboles sin piel. Suficiente vomito para crear un espectro de la razón, y sin embargo, los poetas no florecen donde hay materia orgánica para que a diferencia de las cabras, caguen como moscas los libros de la sensibilidad humana: y salgan por fin los artistas a divertirse.

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