jueves, 3 de marzo de 2011

Conjeturas vivas


El Araña



¡Basta ya judas! La multitud se agolpó de repente sobre el cuerpo tendido justo en el muro lateral de la “Tiendecita los Recuerdos de Ella”, sin embargo la hora no correspondía a la que se supo estaba escrita en la manga de la camisa del cuerpo, pues resultó ser más bien una broma que una conjura contra el santo Job; -por qué- preguntó alguien: pestilentemente –dije- el muerto cómo que andaba de parranda. Bajo el efecto del alcohol los estrafalarios de la tabernita  "El Tropezón" una cuadra más allá, quizás quisieron dar un “grito vagabundo”. Mezcla del azar y la zozobra iban jeteando copa tras copa el amargo trago que se consumían al compás del ruido, los influjos y reflujos de las tres mujeres que continuaban sentadas como resortes despiertos y conjurando el dilema de ser ancianas y sin ninguna posibilidad de ser apetitosas para el Sexo, picoteaban el humo de los cigarrillos. Todos ellos no vieron más que una sombra alejándose del lugar. El efecto era como una argamasa de piel jironada por la   estreches de la calle, consistía precisamente en tener bajo la forma de un sólo pensamiento el poder de ocultar hasta su máxima disparidad el sabor de la rabia y el dolor de la muerte.  

El clima iba empapando hasta las horas infames que la madrugada regalaba a cada personaje desdeñado por el oprobio de las drogas adulteradas. Teníamos que informarnos acerca del difunto  para tratar de contactar a algún familiar del fulano que estaba en la calle tirado como un costal repleto, esa era la idea finalmente a demostrar. La noche era tensa como las cuerdas bucales del cadáver en el Barrio El Silencio. Aunque la música era estruendosa en los alrededores de la calle principal el tumulto de personas se fue disolviendo como un mero sarcasmo de la oscuridad. Nadie quiso hacer vigilia junto al caído. Durante largo rato tuve la intención de volver al sitio donde estaba tendida la rudimentaria creación de Dios descompuesta totalmente. La llovizna se hizo un poco densa, mientras todos intentábamos conciliar con la música y las mujeres a nuestro alrededor la mala hora. Continuamos celebrando, en honor a la virgen María del Carmen, los demás que estaban en la fiesta popular olvidaron rápidamente su mortalidad, mientras en la esquina el agua bañaba silenciosamente el cuerpo tendido.

Un perro pequinés se acerca merodea un instante no más y se aleja con el hocico untado de agua ensangrentada,  el filo de la noche corta el fin de todo, y nadie distinto a los animales callejeros van a inspeccionar el cadáver antes del amanecer. La madre no aparece, y nosotros en medio del festejo continuamos en el salón principal en un sin sentido del baile, nos apretujamos como granos de maíz a los cuerpecitos calientitos mientras allá en la otra esquina las moscas empiezan a rondar a la criatura despabilada. Un amigo se acerca y le dice a Mañe algo al oído, todos nos percatamos que algo sucede de inmediato. Salimos del lugar  envuelto en música pachanguera, para enterarnos de qué era eso tan importante que hizo que Mañe me obligara a salir de la cuadricula destechada. El muerto fue reconocido por alguien, de quién se trata –entonces- pregunté: es el Araña. El nombre no me dijo nada diferente a la misma sensación que tuvimos cuando nos topamos en la premura del tiempo. Sin embargo el muchacho permanecía extendido como un ángel sin garrapatas y sin órganos sexuales.

La información no cambió para nada el tema del fallecido, la policía fue avisada sobre el suceso. La música seguía produciendo un sonido monótono mientras los danzantes se esforzaban por mantener el equilibro entre ritmo y el desnivel de la pista de baile. Afuera el interfecto no rumoraba nada. Un sentimiento de pesadez se apoderó de mi cuerpo, el cigarrillo no lograba calmar la sensación de angustia, de quietud, me sentí como un dispositivo carente de sensaciones, me enfoqué por un momento en la mujer de sandalias blancas que me insinuó que bailásemos una cancioncita de Alfredo Gutiérrez: Anhelos. Ella insistió pero al final tomé la decisión de marcharme del lugar. Mañe se abalanzó impidiéndome la salida del sitio, entonces opte por tomar un trago más y salir desprevenidamente. Pensé nuevamente en el muerto cuando todos habían olvidado el hecho que los tuvo consternados y el cual estuvo a punto de impedir la celebración de las fiestas de la virgen María del Carmen.

En la calle avancé desprevenidamente sobre el muro de la tiendecita, la lluvia había dejado una especie de venas abiertas sobre la tierra espoliada por los pasos de los animales callejeros. Conjeturé por un instante que yo era el animal que estaba arrojado sobre el suelo. Nada más absurdo, me sentí íntimo, casi desnudo, como un trozo de metal lanzado al vacío. La Araña o como se nombre el fulano; estábamos a una distancia no mayor a un metro, pude esquivar la escena de un hombre extinto en la calle simplemente tomando otro camino de regreso a casa. Pero no, era necesario aquel momento de distinción entre el caído y yo, entre la soledad y el rocío de la madrugada, un farol a medio encender dejaba caer su reflejo en el acto: un hombre vivo y yo que quería ser el otro, un muerto en vida. Vista la escena desde un fetiche quizás a lo Andy Warhol no cabe dudas de que estabas mirando una tira cómica, un dibujo animado de la década de los 70`s, en realidad me quería ir, pero antes tuve ganas de hablarle a la maquina descompuesta, al  fulano que espera en silencio desde ya, la resurrección de todos los muertos. La bruma despejaba cualquier indicio de llovizna, estaba ahí de repente frente a mi propia muerte, a mí propio cuerpo, y no lograba desenterrarme la cabeza del negro hoyo de las tinieblas que lo abarcaba todo desde la caída de Adán. ¡Ea!, ¡ea!, me dije casi para anunciarme que estaba haciendo un poco de frío.

La belleza terrible del cuerpo no fue lo que me atrajo de aquel infortunado, fue más bien mi propia voluntad asesina, digamos que hubo un deseo de un cuerpo por apropiarse de otro que no era el suyo, me vinculé de inmediato con el trasponer de la lotería que no pude ganar la tarde anterior antes de ir a recoger el arma en la oscuridad del sueño. No es necesario que aclare aquí el tedio fenomenológico de la muerte. Abrí un poco mi camisa a la altura del cuello, luego procedí a revisar la temperatura del cadáver, no sentí nada más que un sonido ligero de un pájaro que pasó rumbo al amanecer de la sabana. La lluvia  había arrastrado entre sus garras cualquier indicio de sangre, la imagen de su rostro era suave como el aleteo de una mariposa de color cenizoso como un preludio de un ánima en pena. Patee la cosa, su columna continuó igual de uniforme al horizonte del piso. Su máscara corporal se dilató un poco con el frio de la mañana, así que emprendí el regreso a casa, mientras todas las mujeres del pueblo se secretearon una canción de despedida.   

Serían las nueve de la mañana cuando el Araña fue recogido por una patrulla y la comisaria de policía, imagine que yo era el próximo, me despedí, en el cementerio un lunes por lo general sólo están las señoras que normalmente asisten por costumbre a llevar flores a sus propias inconsciencias. Saque el arma y revisé las municiones, no era necesario extender más el asunto, emprendí una especie de peregrinación a la sierra, un hombre entrado en años me explicó el sendero que debía tomar de regreso al sitio nombrado en el papelito que dejaron junto al arma; pues había tomado un rumbo distinto al expuesto allí. Todo el día y toda la noche me buscaron en el pueblo, sin embargo era hora de recoger el murciélago de la vida enterrado a un lado del camino, al llegar al campamento fui abordado por un moreno de ojos y gestos malhumorados, el que estaba a cargo mencionó algunos detalles y procedió a entregarme una gorra nueva. Un oficial del ejercito que estaba en la trinchera detrás de un colegio abandonado hizo una especie de ademan de aprobación por las acciones del día inmediatamente anterior. Trate entonces de recodar el rostro del fulano, fue imposible después de tantos años, la madre se acercó nuevamente al micrófono y preguntó con voz algo tensa: ¿reconoce usted –“señor”- haber asesinado a mi hijo? Meses después estaba en una calle de la fría ciudad, buscaba direcciones por doquier, y en un muro grafitiado decía: “Lo que la democracia no logra, el plomo sí, el paramilitarismo la cosa nostra: Uribe presidente”, entonces un dominó cayo, y así uno sobre otro hasta el comienzo de todo.          

Autor: Husserliano
Mayo de 2010.

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