lunes, 14 de marzo de 2011

De "Flores del mal": Charles Baudelaire.

                                                                             A Cindy
La destrucción


 

La hoja de la existencia envuelve la estrecha luz que tus senos pérfidos exhalan, es viernes y los trenes están lejos de París, la hora se agita ciega como un topo que revolotea sin sombra bajo tierra, y debajo de aquellas sombras tu vientre de barro  retuerce las tripas de la muerte que nos aguarda en cada bar de la Séptima. Los muebles están hechos añicos por una serpiente de piedra. Nada nos espera en un mundo que no es de nadie, el sábado se intitula “Medida de tu Sexo”, ya sé que estamos cansados de la bebida que siempre probamos para aclarar nuestros cielos moribundos.  Es la poesía luminosa, quizás, la que nos engruda la garganta de ángeles mortificados por los rayos oscuros de la música cuando nos vemos empujados a la brevedad de un beso imaginado y mientras tanto:    
A mi lado sin tregua el Demonio se agita;
En torno de mi flota como un aire impalpable;
Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones
De un deseo llenándolos culpable e infinito.
Los enfermos hacen filas en las calles para romper con sus sentidos el roce de la piel que los ata al vacio de la hoguera mojada. Y verso tras beso, un camino de estrellas contaminan el firmamento de los deseos. Los barcos hacen escala en la orilla de tus manos sujetas a mi piel de elefante. El ruido de la avenida levanta el síndrome de angustia de un pobre perro herido por los torpedos de un ángel colgado en París. La madrugada cuelga sus olores marchitos hechos por los músicos que soplan sonidos incoloros, deseosos de rozar tu buche de pájaro. La bestia garabatea un oráculo de voces pasadas por aceite de ajonjolí, y yo pienso de nuevo en la escasa medida de tu sexo que se borra de mi memoria, la cual sabe y:

Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte,
De la más seductora mujer las apariencias,
y acudiendo a especiosos pretextos de adulón
Mis labios acostumbra a filtros depravados.
El cristal de la noche se rompe de vez en cuando, y cuando nos tocamos de nuevo la madrugada ya está hecha una oruga inflamada por la necedad de tus espasmos callejeros o fortuitos. No escucho si quiera el broquel de los machetazos invisibles cuando abres tu boca como una oquedad apostada en la salida de un cementerio de letras impronunciables. Los barcos misteriosos de la religión que te prohíbe saciarte, están a la puerta y en la esquina con olor a madreselva, a ron de caña, allí están las venas rotas de un marinero herido por Dios, y me llevas:
Lejos de la mirada de Dios así me lleva,
Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro
De las hondas y solas planicies del Hastío,

Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos,
Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas,
¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive!

Abramos los ojos de una vez para ahogarnos de tristezas, el viernes ha dado paso al sábado.  Los juegos de la piel redoblan nuestro cansancio luciferino, con ganas claras de fornicar con Dios y sus ángeles. Durmamos el hastió de los excesos, el vino es suave acordeón de notas que desgastan el vello de tu estrecha piel de sapo adormilado, y callemos nuestras voces mientras los poetas roen el silencio de los libros olvidados.

Por: Ariel Parra.

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